¿Llevaríamos las bolsas de desperdicios a un templo sagrado? Seguramente, no. Sin embargo, nuestra cultura, que nos provee la programación que recibimos desde el primer momento de vida, tiene varios “virus” o mentiras, que contaminan nuestra mente.
Podríamos pensar la palabra emoción como e-moción = energía en movimiento.
Las emociones son originadas en nuestro cuerpo por aquellos pensamientos en los cuales creemos. Si creemos en una mentira, se producirá en nosotros una acumulación de elementos energéticos tóxicos y sobrevendrán disfunciones y falta de vitalidad. Es fundamental considerar a los pensamientos como herramientas invalorables que nos pueden ayudar en nuestra experiencia de vida. El hecho de que no los podamos ver, sopesar o medir no disminuye su importancia. La mente racional –con todos sus pensamientos y sus opiniones sobre nosotros mismos y sobre la vida en general– tiene el poder de mover poderosas energías en nosotros. La mente racional es una creación milagrosa y merece ser tratada como tal.
La mente está continuamente disparando sensaciones y sentimientos en nuestro cuerpo. Nuestra manera de pensar condiciona nuestras sensaciones y, por ende, nuestro campo de energía en el que estamos. El campo energético es muy dinámico y experimenta permanentes cambios que, la mayoría de las veces, empiezan con nuestros pensamientos.
El escritor y poeta Percy Bysshe Shelley (1792-1822) escribió en su Defensa de la poesía, "Todas las cosas existen como se perciben, por lo menos en lo referente al perceptor."
Exponiendo el sistema de creencias
La ciencia moderna compara el cerebro humano con un extraordinario centro de comandos que procesa datos e instrucciones recibidas desde diversas localizaciones del organismo.
En nuestro cerebro se alojan trillones de células llamadas neuronas; se dice que en el sistema nervioso hay tantas neuronas como estrellas hay en nuestra galaxia. Esas neuronas se unen formando las cadenas neuronales y todas las cadenas neuronales integran la red neuronal.
Ahora bien, la red neuronal es activada por impulsos eléctrico-químicos generados en el cerebro. Este flujo cargado de información, que recorre de una punta a la otra el sistema nervioso, es llamado info-energía y viaja de una célula a la otra a una altísima velocidad. La info-energía está constituida, entre otros elementos, por los neurotransmisores.
En realidad, los neurotransmisores actúan como mensajeros eléctrico-químicos que las neuronas “usan” para comunicarse unas con otras. Así, un simple pensamiento puede disparar enormes cantidades de neurotransmisores. Cuando una neurona envía sus neurotransmisores a las otras neuronas con las que está conectada, se genera una experiencia interna en forma de sensaciones y emociones, y la relación entre esas neuronas crea lo que llamamos cadena neuronal.
En síntesis, cuando un pensamiento se presenta, la red neuronal se activa y sucede internamente una experiencia en forma de emoción o de sensación.
Pero, si el mismo estímulo, con la misma calidad de info-energía, es enviado una y otra vez, las cadenas neuronales desarrollan una relación muy cercana e íntima que se mantiene a través del tiempo. Las dendritas y el axón, que son como brazos que poseen las neuronas, se extienden tratando de conectar más y más neuronas vecinas, de modo que la cadena neuronal se fortalece.
Todas las adicciones y compulsiones conocidas se ajustan a este patrón neuro-energético y es esto precisamente lo que resulta en una resonancia electromagnética.
Una resonancia es un patrón inconsciente en acción, que manifiesta externamente la realidad con la que está resonando internamente. Cuando diariamente se usan los mismos patrones de pensamiento, esas relaciones internas son reforzadas, y así se reproduce la misma reacción emocional. Como consecuencia, atraemos externamente las frecuencias que están resonando internamente.
A partir de la repetición de los mismos patrones se construye la imagen de sí, que, como sabemos, es una reacción a heridas emocionales o físicas sufridas en el pasado. Es simplemente una imagen y como tal, no es real, nunca fue real y nunca lo será. Ego, yo inferior, falsa personalidad, falso yo o máscara son otras denominaciones que se usan para definir el mismo concepto.
Trabajando con la memoria celular, hemos descubierto que debajo de todo estado negativo se esconde una motivación positiva. Esto es así aun en el caso de esos dolores físicos o emocionales que desearíamos poder erradicar de nuestras vidas.
domingo, 13 de diciembre de 2009
La Memoria Celular
En la memoria de nuestras células esta escrito el programa completo de tu existencia. Ella refleja la expresión de ti como un ser holístico. Es importante que no nos dejemos confundir por los viejos conceptos de "mente", "cuerpo" y "espíritu". Ellos son simplemente rótulos que han sido creados por la mente humana para tratar de definir los diferentes niveles de experiencia. Pero la experiencia humana es multidimencional. Esa separación por nombres es virtual. No es real. Cada punto dentro de la memoria celular, contiene la información completa del todo holístico. Esta información es infinitamente accesible a todas y cada una de las células del cuerpo. Si reducimos una célula hasta el nivel del átomo, veríamos que está conformada por haces sutiles de lo que se ha llamado "info-energía." Esta info-energía incluye la información física, mental, emocional y espiritual que proviene de toda la experiencia de vida, herencia genética y generaciones pasadas. Nada de lo que experimentamos, escapa de quedar impreso y grabado dentro del holograma celular, en la forma de memoria. Lo que comúnmente llamamos "memoria celular" es el campo energético celular colectivo, generado por estas memorias celulares individuales.
La información guardada en la memoria celular nos condiciona de tal manera, que nos predispone a percibir y comportarnos de una cierta, determinada manera. Para usar la analogía de una computadora, el ser holístico sería el disco duro. La memoria celular es la base de datos de ese disco. Los archivos dentro de la base de datos, son las memorias celulares. Todas las cosas que alguna vez nos han pasado, están grabadas en las células de nuestro cuerpo, en forma similar a los archivos que han sido guardados en una computadora. De esta manera, lo que esta guardado allí, influencia nuestras relaciones con cada una y todas las cosas, que nos estén sucediendo. Esto afecta la forma en que nosotros realizamos nuestras tareas rutinarias y el modo en que reaccionamos al stress y de como manejamos los desafíos emocionales en nuestras vidas.
Dentro de la memoria celular, están almacenados todas las improntas concientes e inconscientes de comportamientos improductivos, que no nos permiten sentirnos felices, saludables, alcanzar nuestros objetivos despertando a nuestro potencial. De esta manera, nuestros cuerpos han sido diseñados para auto curarse.
Pero si nuestros cuerpos han sido creados para mantener la salud, armonía y conexión entre sus partes; cual es la razón por la que las enfermedades se vuelven crónicas?
Si nuestros cuerpos están diseñados para mantener la vitalidad y la salud, por qué ello no sucede naturalmente? La respuesta más simple en nuestra experiencia de estos últimos veinte años, es que nuestros cuerpos por naturaleza son hechos de CEP (Carga Emocional Positiva). La CEP es la energía vital que esta fluyendo constantemente e influenciando en forma saludable el estado de nuestra mente y de nuestro cuerpo. Todas las funciones físicas, mentales y emocionales requieren de esta fuerza para su acción. La CEP viene con el derecho de nacimiento de todo ser humano. Estas cargas pueden ser descriptas como un campo energético que está fluyendo libremente, expandiendo paz, confianza, amor y libertad en nosotros. CEP es lo que abunda en los bebes y niños pequeños. También lo encontramos en la naturaleza y en los animales. La naturaleza de la CEP es la de fluir y moverse. A este campo energético le llamamos el "Cuerpo de luz".
Por el contrario, CEN (Carga Emocional Negativa), es el nombre que le damos a la misma energía cundo se halla estancada. Hoy día, es una parte muy importante de la condición humana. Puede ser descripta como el campo energético contraído y restringido de nuestra energía vital, y es creado por experiencias dolorosas o traumáticas vividas en el pasado que no han sido procesadas o digeridas. Esto determina decisiones y creencias negativas acerca de nosotros mismos y otras personas, ansiedad, temor y cualquier emoción derivada de temores tales como culpa, vergüenza, incomodidad, resentimiento, ira, etc.
La acumulación en el sistema cuerpo-mente de CEN crea una resonancia energética que denominamos "Cuerpo del dolor."
Cuando la CEN es altamente desproporcionada con respecto a la CEP, se llega a una disfunción masiva en el sistema humano cuerpo – mente.
Candace Pert, Jefa del Área de Bioquímica Cerebral de la Clínica de Neurociencia del National Institute of Mental Health en los Estados Unidos, estudia como la neuro-química influencia la salud humana. Ella expresó recientemente, que "reprimir las emociones negativas pueden ser causales de enfermedades. El no expresarlas apropiadamente, nos provoca 'cocernos en nuestra propia salsa."
Día tras día, esta inmersión crónica en la negatividad, produce influencias dañosas para nuestra salud. La clave según Pert, está en unas moléculas complejas llamadas 'neuropéptidos'. El cerebro contiene cerca de 60 diferentes neuropéptidos, incluyendo endorfinas. Estos neuropéptidos son los condicionantes por los cuales, todas las células en tu cuerpo se comunican unas con otras. Esto incluye mensajes cerebro a cerebro, cerebro a cuerpo, cuerpo a cuerpo y cuerpo a cerebro. Las células individuales incluyendo las células cerebrales, células inmunitarias y otras células del cuerpo, tienen receptores que reciben neuropéptidos. Las diferentes clases de neuropéptidos disponibles para las células, están cambiando constantemente, reflejando variaciones en tus emociones durante el día. La clase y número de emociones, conectadas con los neuropéptidos disponibles en los receptores de las células, influencian tus probabilidades de sentirte bien o sentirte enfermo.
Los virus usan estos mismos receptores para entrar a las células, y dependiendo de cuanto péptido natural haya para ese receptor, al virus le resultará más o menos difícil entrar en la célula. Para decirlo simple, Candace dijo, "Los químicos que circulan en nuestro cuerpo y cerebro son los mismos químicos que están involucrados en las emociones. Y esto me dice que . . . es mejor que le prestemos más atención a las emociones con respecto a la salud. Bajo la influencia de cantidades masivas de contracciones, nuestras células comienzan a funcionar ineficientemente." La carga emocional resultante de la acumulación de CEN, impide que los receptores de tus células reciban el mensaje de mantener las funciones básicas. Ellas no pueden realizar en adelante, tareas rutinarias de la producción de proteínas, que es una tarea básica para mantener al cuerpo en un perfecto estado de salud. No es que las células crean la enfermedad y los desequilibrios, es la ausencia de equilibrio, lo que lo crea.
Aún con una dieta "estricta", "correcta", o "ideal", los nutrientes no pueden ser asimilados eficientemente dentro del cuerpo. Este es un hecho interesante, ya que se ha puesto mucho énfasis en la importancia de la dieta y el ejercicio, para eliminar y prevenir la toxicidad dentro del cuerpo.
En muchas prácticas alternativas, hubo siempre credibilidad y aceptación de que hay un nexo común entre la emoción reprimida y el lugar del cuerpo donde se manifiesta la enfermedad o desequilibrio. De acuerdo a la Medicina Oriental, cada órgano o glándula tiene una o más emociones que la influencian.
Frecuentemente, el trauma emocional comienza a manifestar su desequilibrio en el órgano o glándula correspondiente. Con toda esta sabiduría antigua e investigación científica moderna como evidencia de respaldo, no podemos ignorar por más tiempo el hecho de que la toxicidad emocional juega un rol igual o quizás más dominante en conseguir una óptima salud. El Proceso CMR para la transformación de la memoria celular, es un método creado para encontrar y transformar la toxicidad emocional del 'cuerpo del dolor', permitiendo que todas las partes – espiritual, emocional y físicas, se comuniquen y recuperen el estado natural de equilibrio. Te invitamos a hacer clic aquí para aprender más acerca del 'cuerpo del dolor', cuya acumulación de toxicidad energética, juega un rol muy importante en la calidad de nuestras vidas.
La información guardada en la memoria celular nos condiciona de tal manera, que nos predispone a percibir y comportarnos de una cierta, determinada manera. Para usar la analogía de una computadora, el ser holístico sería el disco duro. La memoria celular es la base de datos de ese disco. Los archivos dentro de la base de datos, son las memorias celulares. Todas las cosas que alguna vez nos han pasado, están grabadas en las células de nuestro cuerpo, en forma similar a los archivos que han sido guardados en una computadora. De esta manera, lo que esta guardado allí, influencia nuestras relaciones con cada una y todas las cosas, que nos estén sucediendo. Esto afecta la forma en que nosotros realizamos nuestras tareas rutinarias y el modo en que reaccionamos al stress y de como manejamos los desafíos emocionales en nuestras vidas.
Dentro de la memoria celular, están almacenados todas las improntas concientes e inconscientes de comportamientos improductivos, que no nos permiten sentirnos felices, saludables, alcanzar nuestros objetivos despertando a nuestro potencial. De esta manera, nuestros cuerpos han sido diseñados para auto curarse.
Pero si nuestros cuerpos han sido creados para mantener la salud, armonía y conexión entre sus partes; cual es la razón por la que las enfermedades se vuelven crónicas?
Si nuestros cuerpos están diseñados para mantener la vitalidad y la salud, por qué ello no sucede naturalmente? La respuesta más simple en nuestra experiencia de estos últimos veinte años, es que nuestros cuerpos por naturaleza son hechos de CEP (Carga Emocional Positiva). La CEP es la energía vital que esta fluyendo constantemente e influenciando en forma saludable el estado de nuestra mente y de nuestro cuerpo. Todas las funciones físicas, mentales y emocionales requieren de esta fuerza para su acción. La CEP viene con el derecho de nacimiento de todo ser humano. Estas cargas pueden ser descriptas como un campo energético que está fluyendo libremente, expandiendo paz, confianza, amor y libertad en nosotros. CEP es lo que abunda en los bebes y niños pequeños. También lo encontramos en la naturaleza y en los animales. La naturaleza de la CEP es la de fluir y moverse. A este campo energético le llamamos el "Cuerpo de luz".
Por el contrario, CEN (Carga Emocional Negativa), es el nombre que le damos a la misma energía cundo se halla estancada. Hoy día, es una parte muy importante de la condición humana. Puede ser descripta como el campo energético contraído y restringido de nuestra energía vital, y es creado por experiencias dolorosas o traumáticas vividas en el pasado que no han sido procesadas o digeridas. Esto determina decisiones y creencias negativas acerca de nosotros mismos y otras personas, ansiedad, temor y cualquier emoción derivada de temores tales como culpa, vergüenza, incomodidad, resentimiento, ira, etc.
La acumulación en el sistema cuerpo-mente de CEN crea una resonancia energética que denominamos "Cuerpo del dolor."
Cuando la CEN es altamente desproporcionada con respecto a la CEP, se llega a una disfunción masiva en el sistema humano cuerpo – mente.
Candace Pert, Jefa del Área de Bioquímica Cerebral de la Clínica de Neurociencia del National Institute of Mental Health en los Estados Unidos, estudia como la neuro-química influencia la salud humana. Ella expresó recientemente, que "reprimir las emociones negativas pueden ser causales de enfermedades. El no expresarlas apropiadamente, nos provoca 'cocernos en nuestra propia salsa."
Día tras día, esta inmersión crónica en la negatividad, produce influencias dañosas para nuestra salud. La clave según Pert, está en unas moléculas complejas llamadas 'neuropéptidos'. El cerebro contiene cerca de 60 diferentes neuropéptidos, incluyendo endorfinas. Estos neuropéptidos son los condicionantes por los cuales, todas las células en tu cuerpo se comunican unas con otras. Esto incluye mensajes cerebro a cerebro, cerebro a cuerpo, cuerpo a cuerpo y cuerpo a cerebro. Las células individuales incluyendo las células cerebrales, células inmunitarias y otras células del cuerpo, tienen receptores que reciben neuropéptidos. Las diferentes clases de neuropéptidos disponibles para las células, están cambiando constantemente, reflejando variaciones en tus emociones durante el día. La clase y número de emociones, conectadas con los neuropéptidos disponibles en los receptores de las células, influencian tus probabilidades de sentirte bien o sentirte enfermo.
Los virus usan estos mismos receptores para entrar a las células, y dependiendo de cuanto péptido natural haya para ese receptor, al virus le resultará más o menos difícil entrar en la célula. Para decirlo simple, Candace dijo, "Los químicos que circulan en nuestro cuerpo y cerebro son los mismos químicos que están involucrados en las emociones. Y esto me dice que . . . es mejor que le prestemos más atención a las emociones con respecto a la salud. Bajo la influencia de cantidades masivas de contracciones, nuestras células comienzan a funcionar ineficientemente." La carga emocional resultante de la acumulación de CEN, impide que los receptores de tus células reciban el mensaje de mantener las funciones básicas. Ellas no pueden realizar en adelante, tareas rutinarias de la producción de proteínas, que es una tarea básica para mantener al cuerpo en un perfecto estado de salud. No es que las células crean la enfermedad y los desequilibrios, es la ausencia de equilibrio, lo que lo crea.
Aún con una dieta "estricta", "correcta", o "ideal", los nutrientes no pueden ser asimilados eficientemente dentro del cuerpo. Este es un hecho interesante, ya que se ha puesto mucho énfasis en la importancia de la dieta y el ejercicio, para eliminar y prevenir la toxicidad dentro del cuerpo.
En muchas prácticas alternativas, hubo siempre credibilidad y aceptación de que hay un nexo común entre la emoción reprimida y el lugar del cuerpo donde se manifiesta la enfermedad o desequilibrio. De acuerdo a la Medicina Oriental, cada órgano o glándula tiene una o más emociones que la influencian.
Frecuentemente, el trauma emocional comienza a manifestar su desequilibrio en el órgano o glándula correspondiente. Con toda esta sabiduría antigua e investigación científica moderna como evidencia de respaldo, no podemos ignorar por más tiempo el hecho de que la toxicidad emocional juega un rol igual o quizás más dominante en conseguir una óptima salud. El Proceso CMR para la transformación de la memoria celular, es un método creado para encontrar y transformar la toxicidad emocional del 'cuerpo del dolor', permitiendo que todas las partes – espiritual, emocional y físicas, se comuniquen y recuperen el estado natural de equilibrio. Te invitamos a hacer clic aquí para aprender más acerca del 'cuerpo del dolor', cuya acumulación de toxicidad energética, juega un rol muy importante en la calidad de nuestras vidas.
Acerca de la identidad humana
Debate en neurociencia cognitiva
…Todo lo relativo al cerebro y a la mente está cargado de futuro. Esos dos componentes del ser humano, tan esenciales y tan íntimamente relacionados que muchos investigadores reducen a uno solo, constituyen una de las últimas fronteras del conocimiento humano y los avances en ella son hoy continuos y espectaculares.
Cuando el hombre se ha dedicado con tanta energía e interés a algún tema de investigación como lo está haciendo con éste, los resultados han sido siempre notables y eso es lo que cabe esperar en los próximos años para el funcionamiento fisiológico del cerebro y sus relaciones con los aspectos psicológicos del hombre. Los impactos sobre la vida humana y sobre las sociedades del futuro serán, probablemente, muy importantes.
Es un terreno en el que colaboran estrechamente los neurocientíficos y los filósofos, como cabría esperar a priori. La “neurociencia cognitiva” es el nombre que se viene utilizando para referirse a esa actividad conjunta de científicos duros y puros que hurgan en las neuronas y las sinapsis y de profesionales del pensamiento subjetivo y cualitativo más tradicional.
Unos y otros quieren saber en qué consiste la percepción, el pensamiento, los sentimientos, la voluntad, la conducta intencional y la conciencia, y ambos grupos de profesionales están deslumbrados por las posibilidades de simbiosis existentes entre ciencia y filosofía.
Del lado de los filósofos son muy conocidos por su beligerancia, su intensa actividad y sus múltiples publicaciones, John Searle, Daniel Dennet, y los Churchland, Paul, el marido y Patricia, la mujer, todos ellos catalogables como neurofilósofos o filósofos de la mente. Los títulos de sus obras han captado la atención del público especializado y no especializado. Por ejemplo: Mente, lenguaje y sociedad: la filosofía en el mundo real, Mentes, cerebros y ciencia y El misterio de la conciencia, del primero; Content and Consciousness (Contenido y conciencia), Brainstorms: Philosophical Essays on Mind and Psychology. Consciousness Explained, del segundo; y The Engine of Reason, The Seat of the Soul: A Philosophical Journey into the Brain y Matter and Consciousness y Neurophilosophy: Toward a Unified Science of the Mind-Brain, The Computational Brain y The Mind-Brain Continuum, de los terceros.
En cuanto a los neurocientíficos hay más dispersión, pero suenan también mucho Francis Crick, Antonio Damasio, Gerald Edelman, David Marr, Christof Koch y muchos otros. Los títulos de sus obras son deslumbrantes también.
Un terreno novedoso en el que en nuestro país ha hecho una notable labor de divulgación Eduardo Punset con sus destacados libros: Cara a cara con la vida, la mente y el universo, El viaje a la felicidad: Las nuevas claves científicas y El alma está en el cerebro. Radiografía de la máquina de pensar. Y suenan por sus publicaciones Francisco J. Rubia, Francisco Mora y otros.
A muchos nos estaban gustando las aportaciones de estos autores y sus esfuerzos para encontrar un lenguaje común con el que describir los fenómenos o procesos del cerebro humano en los que se interrelaciona lo físico y lo psicológico. Como ellos mismos, esperábamos mucho de esta colaboración.
Por eso ha sido como un jarro de agua fría la difusión del ataque profundo a esa labor conjunta que ha supuesto el libro de Maxwell Bennet y Peter Hacker “Philosophical Foundations of Neurociences” publicado originalmente en inglés por Blackwell en 2003. Libro que “llamó la atención de inmediato, porque era la primera evaluación sistemática de las bases conceptuales de la neurociencia, tal como habían sido establecidas por científicos y filósofos”, como se indica en la Introducción del más reciente en español, “La Naturaleza de la Conciencia. Cerebro, Mente y Lenguaje” (Paidós, Barcelona, 2008) en el que se recoge una gran parte del debate al que hace referencia esta nota.
Se indica asimismo en la Introducción mencionada que en 2004 la American Philosophical Association (APA) invitó a Bennet y a Hacker a mantener un debate con John Searle y Daniel Dennet, a los que directamente se criticaba en el libro de los dos primeros, en la reunión anual de la Asociación de 2005. El debate tuvo lugar y las actas se publicaron en forma de libro en 2007 por la Columbia University Press con el título en inglés “Neuroscience & Philosophy. Brain, Mind & Language”, del que surge la traducción española de Paidós citada en el párrafo anterior.
Maxwell Bennet es catedrático de neurociencia de la Universidad de Sidney y director científico del Brain and Mind Research Institutey. Peter Hacker es profesor de filosofía del St. John’s College de Oxford y uno de los principales expertos actuales en Wittgenstein. Ambos son autores y coautores de diversas obras. Su colaboración que se extiende a varios libros ha resultado muy fructífera al combinar las dos materias sobre las que tratamos: neurociencia y filosofía.
La crítica que hacen a los neurocientíficos y a los filósofos tiene que ver con el lenguaje utilizado por los primeros inspirados por los segundos en relación con las funciones del cerebro. Insisten en que no se puede achacar al cerebro funciones que corresponden al ser humano en su conjunto. El cerebro, según ellos, no sabe cosas, no razona de forma inductiva, no construye hipótesis basadas en argumentos, no decide; y las neuronas que lo componen no son inteligentes, no saben calcular probabilidades y no ofrecen argumentos, como dicen hoy muchos neurocientíficos. Todas esas tareas corresponden al hombre no al cerebro.
El punto de apoyo para esta crítica está en la filosofía de Ludwig Wittgenstein y un argumento básico para ella queda recogido en la siguiente frase de este autor:
“Sólo del ser humano y de lo que se parece a un ser humano (se comporta como tal) se puede decir: tienen sensaciones; ve, es ciego; oye, es sordo; es consciente o inconsciente”
Argumentan que sólo si se hubiera producido el descubrimiento neurocientífico de que los cerebros también ven y oyen, piensan y creen, y formulan y responden preguntas, sería correcta la adscripción de los atributos psicológicos del hombre al cerebro. Tal descubrimiento no se ha producido en absoluto.
En línea con este argumento hablan de la “falacia mereológica” definida como la atribución a las partes de aquello que sólo tiene sentido cuando se atribuye al todo.
Tachan a los especialistas en neurociencia cognitiva (neurocientíficos y filósofos) a los que critican, de dualistas estructurales, al haber cambiado el dualismo cartesiano cuerpo-mente por el nuevo dualismo cuerpo-cerebro.
Atacan además el uso de las palabras “qualia” y “quale” que tanto gustan a Searle, Eldeman, Chalmers, Damasio y otros para denominar a las “sensaciones cualitativas” del cerebro deducidas de experiencias externas. Una vez más dicen que si tales sensaciones existieran seguirían siendo atributos de los seres humanos, no del cerebro.
Las defensas que Dennet y Searle hacen de sus posiciones son muy sólidas, y muy duras las críticas que ellos a su vez hacen a Bennet y Hacker, pero no dejan de salir bastante tocados del debate, sobre todo cuando ellos y otros filósofos son tratados de lacayos de los neurocientíficos en el capítulo final de la obra escrito por Daniel Robinson. La verdad es que el altar en el que algunos habíamos colocado a Searle y Dennet se ha venido un poco abajo.
Lo peor además, y así se indica en el libro, es que esta crítica puede destruir la colaboración actual entre neurocientíficos y filósofos y detener unas investigaciones que hasta ahora eran muy prometedoras.
Adolfo Castilla (Extractado de Prospectivas)
Comparte esta información
…Todo lo relativo al cerebro y a la mente está cargado de futuro. Esos dos componentes del ser humano, tan esenciales y tan íntimamente relacionados que muchos investigadores reducen a uno solo, constituyen una de las últimas fronteras del conocimiento humano y los avances en ella son hoy continuos y espectaculares.
Cuando el hombre se ha dedicado con tanta energía e interés a algún tema de investigación como lo está haciendo con éste, los resultados han sido siempre notables y eso es lo que cabe esperar en los próximos años para el funcionamiento fisiológico del cerebro y sus relaciones con los aspectos psicológicos del hombre. Los impactos sobre la vida humana y sobre las sociedades del futuro serán, probablemente, muy importantes.
Es un terreno en el que colaboran estrechamente los neurocientíficos y los filósofos, como cabría esperar a priori. La “neurociencia cognitiva” es el nombre que se viene utilizando para referirse a esa actividad conjunta de científicos duros y puros que hurgan en las neuronas y las sinapsis y de profesionales del pensamiento subjetivo y cualitativo más tradicional.
Unos y otros quieren saber en qué consiste la percepción, el pensamiento, los sentimientos, la voluntad, la conducta intencional y la conciencia, y ambos grupos de profesionales están deslumbrados por las posibilidades de simbiosis existentes entre ciencia y filosofía.
Del lado de los filósofos son muy conocidos por su beligerancia, su intensa actividad y sus múltiples publicaciones, John Searle, Daniel Dennet, y los Churchland, Paul, el marido y Patricia, la mujer, todos ellos catalogables como neurofilósofos o filósofos de la mente. Los títulos de sus obras han captado la atención del público especializado y no especializado. Por ejemplo: Mente, lenguaje y sociedad: la filosofía en el mundo real, Mentes, cerebros y ciencia y El misterio de la conciencia, del primero; Content and Consciousness (Contenido y conciencia), Brainstorms: Philosophical Essays on Mind and Psychology. Consciousness Explained, del segundo; y The Engine of Reason, The Seat of the Soul: A Philosophical Journey into the Brain y Matter and Consciousness y Neurophilosophy: Toward a Unified Science of the Mind-Brain, The Computational Brain y The Mind-Brain Continuum, de los terceros.
En cuanto a los neurocientíficos hay más dispersión, pero suenan también mucho Francis Crick, Antonio Damasio, Gerald Edelman, David Marr, Christof Koch y muchos otros. Los títulos de sus obras son deslumbrantes también.
Un terreno novedoso en el que en nuestro país ha hecho una notable labor de divulgación Eduardo Punset con sus destacados libros: Cara a cara con la vida, la mente y el universo, El viaje a la felicidad: Las nuevas claves científicas y El alma está en el cerebro. Radiografía de la máquina de pensar. Y suenan por sus publicaciones Francisco J. Rubia, Francisco Mora y otros.
A muchos nos estaban gustando las aportaciones de estos autores y sus esfuerzos para encontrar un lenguaje común con el que describir los fenómenos o procesos del cerebro humano en los que se interrelaciona lo físico y lo psicológico. Como ellos mismos, esperábamos mucho de esta colaboración.
Por eso ha sido como un jarro de agua fría la difusión del ataque profundo a esa labor conjunta que ha supuesto el libro de Maxwell Bennet y Peter Hacker “Philosophical Foundations of Neurociences” publicado originalmente en inglés por Blackwell en 2003. Libro que “llamó la atención de inmediato, porque era la primera evaluación sistemática de las bases conceptuales de la neurociencia, tal como habían sido establecidas por científicos y filósofos”, como se indica en la Introducción del más reciente en español, “La Naturaleza de la Conciencia. Cerebro, Mente y Lenguaje” (Paidós, Barcelona, 2008) en el que se recoge una gran parte del debate al que hace referencia esta nota.
Se indica asimismo en la Introducción mencionada que en 2004 la American Philosophical Association (APA) invitó a Bennet y a Hacker a mantener un debate con John Searle y Daniel Dennet, a los que directamente se criticaba en el libro de los dos primeros, en la reunión anual de la Asociación de 2005. El debate tuvo lugar y las actas se publicaron en forma de libro en 2007 por la Columbia University Press con el título en inglés “Neuroscience & Philosophy. Brain, Mind & Language”, del que surge la traducción española de Paidós citada en el párrafo anterior.
Maxwell Bennet es catedrático de neurociencia de la Universidad de Sidney y director científico del Brain and Mind Research Institutey. Peter Hacker es profesor de filosofía del St. John’s College de Oxford y uno de los principales expertos actuales en Wittgenstein. Ambos son autores y coautores de diversas obras. Su colaboración que se extiende a varios libros ha resultado muy fructífera al combinar las dos materias sobre las que tratamos: neurociencia y filosofía.
La crítica que hacen a los neurocientíficos y a los filósofos tiene que ver con el lenguaje utilizado por los primeros inspirados por los segundos en relación con las funciones del cerebro. Insisten en que no se puede achacar al cerebro funciones que corresponden al ser humano en su conjunto. El cerebro, según ellos, no sabe cosas, no razona de forma inductiva, no construye hipótesis basadas en argumentos, no decide; y las neuronas que lo componen no son inteligentes, no saben calcular probabilidades y no ofrecen argumentos, como dicen hoy muchos neurocientíficos. Todas esas tareas corresponden al hombre no al cerebro.
El punto de apoyo para esta crítica está en la filosofía de Ludwig Wittgenstein y un argumento básico para ella queda recogido en la siguiente frase de este autor:
“Sólo del ser humano y de lo que se parece a un ser humano (se comporta como tal) se puede decir: tienen sensaciones; ve, es ciego; oye, es sordo; es consciente o inconsciente”
Argumentan que sólo si se hubiera producido el descubrimiento neurocientífico de que los cerebros también ven y oyen, piensan y creen, y formulan y responden preguntas, sería correcta la adscripción de los atributos psicológicos del hombre al cerebro. Tal descubrimiento no se ha producido en absoluto.
En línea con este argumento hablan de la “falacia mereológica” definida como la atribución a las partes de aquello que sólo tiene sentido cuando se atribuye al todo.
Tachan a los especialistas en neurociencia cognitiva (neurocientíficos y filósofos) a los que critican, de dualistas estructurales, al haber cambiado el dualismo cartesiano cuerpo-mente por el nuevo dualismo cuerpo-cerebro.
Atacan además el uso de las palabras “qualia” y “quale” que tanto gustan a Searle, Eldeman, Chalmers, Damasio y otros para denominar a las “sensaciones cualitativas” del cerebro deducidas de experiencias externas. Una vez más dicen que si tales sensaciones existieran seguirían siendo atributos de los seres humanos, no del cerebro.
Las defensas que Dennet y Searle hacen de sus posiciones son muy sólidas, y muy duras las críticas que ellos a su vez hacen a Bennet y Hacker, pero no dejan de salir bastante tocados del debate, sobre todo cuando ellos y otros filósofos son tratados de lacayos de los neurocientíficos en el capítulo final de la obra escrito por Daniel Robinson. La verdad es que el altar en el que algunos habíamos colocado a Searle y Dennet se ha venido un poco abajo.
Lo peor además, y así se indica en el libro, es que esta crítica puede destruir la colaboración actual entre neurocientíficos y filósofos y detener unas investigaciones que hasta ahora eran muy prometedoras.
Adolfo Castilla (Extractado de Prospectivas)
Comparte esta información
La testarudez de la mente y la resistencia al cambio
La mente humana es perezosa. Se auto perpetúa a si misma, es llevada de su parecer y con una alta propensión al auto-engaño. En cierto sentido, creamos el mundo y nos encerramos en él. Vivimos enfrascados en un diálogo interior interminable donde la realidad externa no siempre tiene entrada. Buda decía que la mente es como un chimpancé hambriento en una selva repleta de reflejos condicionados. Tu mente, al igual que la mía, es hiperactiva, inquieta, astuta, contradictoria. La mente no es un sistema de procesamiento de la información amigable, predecible y fácilmente controlable, como ocurre con muchos computadores; nuestro aparato psicológico tiene intencionalidad, motivos, emoción y expectativas de todo tipo. La mente es egocéntrica, busca sobrevivir a cualquier costo, incluso si el precio es mantenerse en la más absurda irracionalidad.
Carlos, un joven de 17 años, cree que su cara se parece a una vejiga porque, según él, el cuello es demasiado ancho respecto de la cabeza. Carlos no está loco ni sufre de daño neurológico alguno, sin embargo, se detesta y se ve monstruoso cada vez que mira su imagen en el espejo. Cuando se le midió la proporción cabeza-cuello para "demostrarle" que estaba dentro de los parámetros normales, rechazó enfáticamente el procedimiento. Dijo que las estadísticas estaban equivocadas y que el terapeuta pretendía engañarlo para evitarle el sufrimiento. Carlos padece un trastorno dismórfico corporal, cuya característica es una distorsión de la auto imagen expresada como: "Preocupación por algún defecto imaginado o exagerado del aspecto físico". De más está decir que Carlos no tiene ningún defecto físico.
En estos casos, el error en la percepción de la imagen corporal es evidente para todos, menos para quien padece el trastorno, que se empeña en defender su punto de vista aun a sabiendas de que tal creencia le está destruyendo la vida.
La pregunta que surge es obvia: ¿Por qué en determinadas situaciones continuamos defendiendo actitudes negativas y autodestructivas a pesar de la evidencia en contra? ¿Por qué permanecemos atados a la irracionalidad pudiendo salimos de ella? Anthony de Mello decía que los humanos actuamos como si viviéramos en una piscina llena de mierda hasta el cuello y nuestra preocupación principal se redujera a que nadie levantara olas. Nos resignamos a vivir así, limitados, atrapados, infelices y relativamente satisfechos, porque al menos mantenemos los excrementos en un nivel aceptable. Conformismo puro. La revolución psicológica verdadera sería salirnos de la piscina, pero algo nos lo impide, como si estuviéramos anclados en un banco de arena movediza que nos chupa lentamente. El pensamiento que nos prohíbe ser atrevidos y explorar el mundo con libertad está enquistado en nuestra base de datos: "Más vale malo conocido que bueno por conocer". La piscina.
La mayoría de las personas mostramos una alta resistencia al cambio. Preferimos lo conocido a lo desconocido, puesto que lo nuevo suele generar incomodidad y estrés. Cambiar implica pasar de un estado a otro, lo cual hace que inevitablemente el sistema se desorganice para volver a organizarse luego asumiendo otra estructura. Todo cambio es incómodo, como cuando queremos reemplazar unos zapatos viejos por unos nuevos. Teilhard de Chardin consideraba que todo crecimiento está vinculado a un grado de sufrimiento. El cambio requiere que desechemos durante un tiempo las señales de seguridad de los antiguos esquemas que nos han acompañado durante años, para adoptar otros comportamientos con los que no estamos tan familiarizados ni nos generan tanta confianza. Crecer duele y asusta.
La novedad produce dos emociones encontradas: miedo y curiosidad. Mientras el miedo a lo desconocido actúa como un freno, la curiosidad obra como un incentivo (a veces irrefrenable) que nos lleva a explorar el mundo y a asombrarnos.
Aceptar la posibilidad de renovarse implica que la curiosidad como fuerza positiva se imponga a la parálisis que genera el temor. Abandonar las viejas costumbres y permitirse la revisión de las creencias que nos han gobernado durante años requiere de valentía.
Ahora bien, podemos llevar a cabo la ruptura con lo que nos ata de dos maneras: (a) lentamente, en el sentido de desapegarse, despegarse, o (b) de manera rápida, lo cual implica "acepto lo peor que podría ocurrir" de una vez por todas, en el sentido de soltarse, saltar al vacío, jugársela sin anestesia.
Las teorías o las creencias que hemos elaborado durante toda la vida sobre nosotros mismos, el mundo y el futuro se adhieren a nuestra psiquis, se mimetizan con todo el trasfondo informacional y las convertimos en verdades absolutas. Les hacemos demasiado caso a las creencias que nos han inculcado de pequeños. Si toda la vida te han dicho que eres un inútil, es probable que tu mente se crea el cuento y organice una base de datos sólida alrededor de la incompetencia percibida. Entonces, decir: "Soy inútil" es mucho más que una opinión, es una revelación convertida en dogma de fe. El slogan educativo con los años se convierte en un mandato difícil de ignorar:"Si mis padres y amigos me lo dicen, por algo es". Así nace el paradigma, es decir, la certeza incontrovertible de que soy como me han dicho que soy.
Desde pequeña, Clara siempre había sido considerada la "menos capaz de la familia", tanto por sus hermanas como por sus padres y maestros. La mujer no había sido disciplinada, estudiosa y acatada como esperan la mayoría de los centros educativos, sino más bien hiperactiva e impulsiva. A sus treinta años, se mostraba distraída, rebelde y poco convencional. Su espíritu creativo e inquieto la había llevado a estudiar artes plásticas y danza, mientras sus dos hermanas habían preferido carreras más tradicionales. Para orgullo de su padre, un empresario exitoso y de gran reconocimiento social, la hermana menor había estudiado ingeniera de sistemas y la mayor había obtenido una maestría en administración de negocios.
Clara no era precisamente una oveja negra, pero sí parecía de otra familia. Se vestía de manera extravagante, le gustaba la Nueva Era, leía poesía, no se había casado y tenía actividades que su núcleo familiar consideraba como "poco normales".
En cierta ocasión participó en una manifestación a favor del matrimonio entre homosexuales, lo que llevó a su madre a pensar que necesitaba ayuda psicológica y le consiguió una cita con un psiquiatra que además era cura.
Clara incorporó desde su temprana infancia mensajes negativos relacionados con su desempeño y desarrolló un esquema de incapacidad con el cual luchaba de tanto en tanto sin mucho éxito. En cierta ocasión el padre de Clara me manifestó su preocupación ante la posibilidad de que ella sufriera de ciertas limitaciones intelectuales.
Si el esquema de inseguridad permanecía desactivado, se aceptaba a sí misma de manera incondicional, era alegre y derrochaba sentido del humor. Pero si el esquema negativo se activaba (por ejemplo, si fracasaba en algún proyecto o si alguien la comparaba con su hermanas o si su padre la ignoraba) dejaba de ser la mujer feliz y chispeante para convertirse en una persona insegura, retraída e irritable. Cuando la idea de incapacidad se imponía, no había razones ni argumentos que la pudieran hacer cambiar de opinión. En esos momentos "oscuros", como ella los llamaba, dudaba de todo y pensaba que su vida no tenía sentido, buscaba desesperadamente la aprobación de su padre y odiaba a sus hermanas.
Un día cualquiera un acontecimiento inesperado modificó la relativa calma familiar: le diagnosticaron cáncer de próstata al padre de Clara. Su madre y las dos hermanas se derrumbaron. La ingeniería de sistemas y los negocios internacionales no podían hacer mucho para ayudar al pobre hombre. Contra todo pronóstico, fue Clara quien le puso el pecho a la adversidad y lideró la cuestión.
Durante el año y medio que duró el tratamiento, la "hija limitada" se convirtió en el principal soporte afectivo de la familia. Les enseño a meditar, impuso la sana costumbre de expresar emociones y defendió el derecho del enfermo a saber la verdad. Se entendió con los médicos y con la depresión de su padre, estudió el tema del cáncer a profundidad y "gerenció" todo el proceso de cura. En fin, Clara mostró que tenía el don de una "fortaleza amable" y una excelente aptitud para enfrentar las situaciones difíciles, una cualidad que había pasado desapercibida para todos, incluso ella misma. Lo más interesante es que por primera vez actuó sin buscar la aprobación de nadie. Su argumento era concluyente: "Me nace".
Las situaciones límite siempre nos confrontan y si somos capaces de aprovecharlas, podemos revisar nuestra mente a fondo. Las situaciones límite pueden hundirte o sacarte a flote, conformar un síndrome de estrés postraumático o formatear el disco duro. Las creencias más profundas se tambalean cuando nuestras señales de seguridad desaparecen, y allí el cambio es inevitable.
Después de la dolorosa experiencia, el esquema de ineficacia de Clara perdió fuerza. De manera similar, el estereotipo familiar de creerla "muy rara" desapareció y fue reemplazado por una actitud más positiva y respetuosa frente a ella. Pese a las mejorías, Clara pidió ayuda profesional y su auto eficacia subió como espuma. La terapia logró instalar un nuevo esquema adaptativo: "Soy capaz, el mundo no es tan crítico como pensaba, y si lo fuera ya no me importa. Mi futuro está en mis manos, en buenas manos".
La conclusión parece obvia: nos convencemos de lo que somos, asumimos el papel que el medio nos asigna como si fuéramos ratones de laboratorio.
Pero cabe la pregunta: ¿Y si no hubiera situaciones límite que nos precipiten al cambio? ¿Si nuestra vida se quedara anclada a la rutina y a la resignación de sufrir por sufrir? Sencillo y complejo a la vez: debemos crear nosotros mismos las condiciones límite. Hay que crear la capacidad de pensarse y repensarse a la luz de nuevas ideas. Los procedimientos psicológicos más eficientes para que el cambio se genere consisten en llevar al paciente de manera adecuada y responsable, a enfrentar lo temido, lo desconocido o lo inseguro. Es allí, durante la exposición en vivo y en directo, que la realidad se encarga de actualizar nuestro software, de curarnos, de ponernos en el camino de la racionalidad y enderezar la distorsión.
Una vez las creencias se organizan en la memoria, las defendemos a muerte, no importa cuál sea su contenido. Quizás ésta sea la base de la irracionalidad humana. Dicho de otra forma: una vez instaladas las creencias, defendemos por igual las saludables y las no saludables, las racionales y las irracionales, las correctas y las erróneas, aun cuando nuestro lado consciente piense lo contrario.
¿Por qué no somos capaces de descartar lo inútil, lo absurdo o lo peligroso de una vez? Siguiendo a Krishnamurti, si vemos un precipicio no necesitamos hacer cursos de Precipicio I, Precipicio II y Precipicio III para concientizarnos del riesgo. El hecho se impone, la percepción directa es suficiente: vemos el peligro y no dudamos en retirarnos, "entendimos", y punto. ¿Por qué entonces en la vida cotidiana caemos tantas veces por el precipicio? ¿Por qué repetimos los mismos errores? ¿Por qué nos cuesta tanto asumir una actitud racional frente a los problemas? ¿Somos masoquistas, ignorantes o testarudos?
Recuerdo a un señor que temía tragarse la lengua. Dormía sentado, sólo se alimentaba de líquidos y apenas lograba comunicarse con los demás, pues trataba de mantener la lengua quieta (¡el órgano más móvil de nuestro cuerpo!). Como tal objetivo era prácticamente imposible de alcanzar, el señor se sentía todo el tiempo al borde de una muerte por asfixia. El pensamiento automático que lo invadía una y otra vez era terrible: "Si me trago la lengua, moriré". Obviamente el temor formaba parte de un síndrome más complejo que no detallaré aquí. Lo que me interesa señalar es que ninguna explicación lógica y racional sobre la imposibilidad de tragarse la lengua funcionó. La única estrategia que mostró resultados positivos fue exponerse a lo temido: "¡Tráguese la lengua, inténtelo, a ver si es capaz!" Después de varios ensayos infructuosos, la retroalimentación fue concluyente: "Sí, usted tenía razón, no puedo", dijo evidentemente aliviado.
¿Qué proceso intervino para que mi paciente finalmente lograra modificar su creencia irracional? La realidad, ella se impuso de manera correctiva, los hechos le mostraron de manera irrefutable lo absurdo de su creencia. Una experiencia vital vale más que mil palabras (o muchas horas de consulta). La información que llega de la experiencia directa es mucho más terapéutica que la teoría, aunque las dos son necesarias. Como veremos en la tercera parte del libro, la primera es la fuente de la sabiduría y la segunda, el fundamento de la erudición. Conozco muchas personas desbordantes de conocimiento científico pero sin sentido común.
El camino es aquietar la mente e inducirla a que se mire a sí misma de manera realista. Una mente madura, equilibrada y que aprenda a perder. Una mente humilde, pero no atontada. Una mente abierta al mundo, vigorosa y con los pies en la tierra.
Walter Riso, Extractado de Pensar bien, sentirse bien
Comparte esta información
Carlos, un joven de 17 años, cree que su cara se parece a una vejiga porque, según él, el cuello es demasiado ancho respecto de la cabeza. Carlos no está loco ni sufre de daño neurológico alguno, sin embargo, se detesta y se ve monstruoso cada vez que mira su imagen en el espejo. Cuando se le midió la proporción cabeza-cuello para "demostrarle" que estaba dentro de los parámetros normales, rechazó enfáticamente el procedimiento. Dijo que las estadísticas estaban equivocadas y que el terapeuta pretendía engañarlo para evitarle el sufrimiento. Carlos padece un trastorno dismórfico corporal, cuya característica es una distorsión de la auto imagen expresada como: "Preocupación por algún defecto imaginado o exagerado del aspecto físico". De más está decir que Carlos no tiene ningún defecto físico.
En estos casos, el error en la percepción de la imagen corporal es evidente para todos, menos para quien padece el trastorno, que se empeña en defender su punto de vista aun a sabiendas de que tal creencia le está destruyendo la vida.
La pregunta que surge es obvia: ¿Por qué en determinadas situaciones continuamos defendiendo actitudes negativas y autodestructivas a pesar de la evidencia en contra? ¿Por qué permanecemos atados a la irracionalidad pudiendo salimos de ella? Anthony de Mello decía que los humanos actuamos como si viviéramos en una piscina llena de mierda hasta el cuello y nuestra preocupación principal se redujera a que nadie levantara olas. Nos resignamos a vivir así, limitados, atrapados, infelices y relativamente satisfechos, porque al menos mantenemos los excrementos en un nivel aceptable. Conformismo puro. La revolución psicológica verdadera sería salirnos de la piscina, pero algo nos lo impide, como si estuviéramos anclados en un banco de arena movediza que nos chupa lentamente. El pensamiento que nos prohíbe ser atrevidos y explorar el mundo con libertad está enquistado en nuestra base de datos: "Más vale malo conocido que bueno por conocer". La piscina.
La mayoría de las personas mostramos una alta resistencia al cambio. Preferimos lo conocido a lo desconocido, puesto que lo nuevo suele generar incomodidad y estrés. Cambiar implica pasar de un estado a otro, lo cual hace que inevitablemente el sistema se desorganice para volver a organizarse luego asumiendo otra estructura. Todo cambio es incómodo, como cuando queremos reemplazar unos zapatos viejos por unos nuevos. Teilhard de Chardin consideraba que todo crecimiento está vinculado a un grado de sufrimiento. El cambio requiere que desechemos durante un tiempo las señales de seguridad de los antiguos esquemas que nos han acompañado durante años, para adoptar otros comportamientos con los que no estamos tan familiarizados ni nos generan tanta confianza. Crecer duele y asusta.
La novedad produce dos emociones encontradas: miedo y curiosidad. Mientras el miedo a lo desconocido actúa como un freno, la curiosidad obra como un incentivo (a veces irrefrenable) que nos lleva a explorar el mundo y a asombrarnos.
Aceptar la posibilidad de renovarse implica que la curiosidad como fuerza positiva se imponga a la parálisis que genera el temor. Abandonar las viejas costumbres y permitirse la revisión de las creencias que nos han gobernado durante años requiere de valentía.
Ahora bien, podemos llevar a cabo la ruptura con lo que nos ata de dos maneras: (a) lentamente, en el sentido de desapegarse, despegarse, o (b) de manera rápida, lo cual implica "acepto lo peor que podría ocurrir" de una vez por todas, en el sentido de soltarse, saltar al vacío, jugársela sin anestesia.
Las teorías o las creencias que hemos elaborado durante toda la vida sobre nosotros mismos, el mundo y el futuro se adhieren a nuestra psiquis, se mimetizan con todo el trasfondo informacional y las convertimos en verdades absolutas. Les hacemos demasiado caso a las creencias que nos han inculcado de pequeños. Si toda la vida te han dicho que eres un inútil, es probable que tu mente se crea el cuento y organice una base de datos sólida alrededor de la incompetencia percibida. Entonces, decir: "Soy inútil" es mucho más que una opinión, es una revelación convertida en dogma de fe. El slogan educativo con los años se convierte en un mandato difícil de ignorar:"Si mis padres y amigos me lo dicen, por algo es". Así nace el paradigma, es decir, la certeza incontrovertible de que soy como me han dicho que soy.
Desde pequeña, Clara siempre había sido considerada la "menos capaz de la familia", tanto por sus hermanas como por sus padres y maestros. La mujer no había sido disciplinada, estudiosa y acatada como esperan la mayoría de los centros educativos, sino más bien hiperactiva e impulsiva. A sus treinta años, se mostraba distraída, rebelde y poco convencional. Su espíritu creativo e inquieto la había llevado a estudiar artes plásticas y danza, mientras sus dos hermanas habían preferido carreras más tradicionales. Para orgullo de su padre, un empresario exitoso y de gran reconocimiento social, la hermana menor había estudiado ingeniera de sistemas y la mayor había obtenido una maestría en administración de negocios.
Clara no era precisamente una oveja negra, pero sí parecía de otra familia. Se vestía de manera extravagante, le gustaba la Nueva Era, leía poesía, no se había casado y tenía actividades que su núcleo familiar consideraba como "poco normales".
En cierta ocasión participó en una manifestación a favor del matrimonio entre homosexuales, lo que llevó a su madre a pensar que necesitaba ayuda psicológica y le consiguió una cita con un psiquiatra que además era cura.
Clara incorporó desde su temprana infancia mensajes negativos relacionados con su desempeño y desarrolló un esquema de incapacidad con el cual luchaba de tanto en tanto sin mucho éxito. En cierta ocasión el padre de Clara me manifestó su preocupación ante la posibilidad de que ella sufriera de ciertas limitaciones intelectuales.
Si el esquema de inseguridad permanecía desactivado, se aceptaba a sí misma de manera incondicional, era alegre y derrochaba sentido del humor. Pero si el esquema negativo se activaba (por ejemplo, si fracasaba en algún proyecto o si alguien la comparaba con su hermanas o si su padre la ignoraba) dejaba de ser la mujer feliz y chispeante para convertirse en una persona insegura, retraída e irritable. Cuando la idea de incapacidad se imponía, no había razones ni argumentos que la pudieran hacer cambiar de opinión. En esos momentos "oscuros", como ella los llamaba, dudaba de todo y pensaba que su vida no tenía sentido, buscaba desesperadamente la aprobación de su padre y odiaba a sus hermanas.
Un día cualquiera un acontecimiento inesperado modificó la relativa calma familiar: le diagnosticaron cáncer de próstata al padre de Clara. Su madre y las dos hermanas se derrumbaron. La ingeniería de sistemas y los negocios internacionales no podían hacer mucho para ayudar al pobre hombre. Contra todo pronóstico, fue Clara quien le puso el pecho a la adversidad y lideró la cuestión.
Durante el año y medio que duró el tratamiento, la "hija limitada" se convirtió en el principal soporte afectivo de la familia. Les enseño a meditar, impuso la sana costumbre de expresar emociones y defendió el derecho del enfermo a saber la verdad. Se entendió con los médicos y con la depresión de su padre, estudió el tema del cáncer a profundidad y "gerenció" todo el proceso de cura. En fin, Clara mostró que tenía el don de una "fortaleza amable" y una excelente aptitud para enfrentar las situaciones difíciles, una cualidad que había pasado desapercibida para todos, incluso ella misma. Lo más interesante es que por primera vez actuó sin buscar la aprobación de nadie. Su argumento era concluyente: "Me nace".
Las situaciones límite siempre nos confrontan y si somos capaces de aprovecharlas, podemos revisar nuestra mente a fondo. Las situaciones límite pueden hundirte o sacarte a flote, conformar un síndrome de estrés postraumático o formatear el disco duro. Las creencias más profundas se tambalean cuando nuestras señales de seguridad desaparecen, y allí el cambio es inevitable.
Después de la dolorosa experiencia, el esquema de ineficacia de Clara perdió fuerza. De manera similar, el estereotipo familiar de creerla "muy rara" desapareció y fue reemplazado por una actitud más positiva y respetuosa frente a ella. Pese a las mejorías, Clara pidió ayuda profesional y su auto eficacia subió como espuma. La terapia logró instalar un nuevo esquema adaptativo: "Soy capaz, el mundo no es tan crítico como pensaba, y si lo fuera ya no me importa. Mi futuro está en mis manos, en buenas manos".
La conclusión parece obvia: nos convencemos de lo que somos, asumimos el papel que el medio nos asigna como si fuéramos ratones de laboratorio.
Pero cabe la pregunta: ¿Y si no hubiera situaciones límite que nos precipiten al cambio? ¿Si nuestra vida se quedara anclada a la rutina y a la resignación de sufrir por sufrir? Sencillo y complejo a la vez: debemos crear nosotros mismos las condiciones límite. Hay que crear la capacidad de pensarse y repensarse a la luz de nuevas ideas. Los procedimientos psicológicos más eficientes para que el cambio se genere consisten en llevar al paciente de manera adecuada y responsable, a enfrentar lo temido, lo desconocido o lo inseguro. Es allí, durante la exposición en vivo y en directo, que la realidad se encarga de actualizar nuestro software, de curarnos, de ponernos en el camino de la racionalidad y enderezar la distorsión.
Una vez las creencias se organizan en la memoria, las defendemos a muerte, no importa cuál sea su contenido. Quizás ésta sea la base de la irracionalidad humana. Dicho de otra forma: una vez instaladas las creencias, defendemos por igual las saludables y las no saludables, las racionales y las irracionales, las correctas y las erróneas, aun cuando nuestro lado consciente piense lo contrario.
¿Por qué no somos capaces de descartar lo inútil, lo absurdo o lo peligroso de una vez? Siguiendo a Krishnamurti, si vemos un precipicio no necesitamos hacer cursos de Precipicio I, Precipicio II y Precipicio III para concientizarnos del riesgo. El hecho se impone, la percepción directa es suficiente: vemos el peligro y no dudamos en retirarnos, "entendimos", y punto. ¿Por qué entonces en la vida cotidiana caemos tantas veces por el precipicio? ¿Por qué repetimos los mismos errores? ¿Por qué nos cuesta tanto asumir una actitud racional frente a los problemas? ¿Somos masoquistas, ignorantes o testarudos?
Recuerdo a un señor que temía tragarse la lengua. Dormía sentado, sólo se alimentaba de líquidos y apenas lograba comunicarse con los demás, pues trataba de mantener la lengua quieta (¡el órgano más móvil de nuestro cuerpo!). Como tal objetivo era prácticamente imposible de alcanzar, el señor se sentía todo el tiempo al borde de una muerte por asfixia. El pensamiento automático que lo invadía una y otra vez era terrible: "Si me trago la lengua, moriré". Obviamente el temor formaba parte de un síndrome más complejo que no detallaré aquí. Lo que me interesa señalar es que ninguna explicación lógica y racional sobre la imposibilidad de tragarse la lengua funcionó. La única estrategia que mostró resultados positivos fue exponerse a lo temido: "¡Tráguese la lengua, inténtelo, a ver si es capaz!" Después de varios ensayos infructuosos, la retroalimentación fue concluyente: "Sí, usted tenía razón, no puedo", dijo evidentemente aliviado.
¿Qué proceso intervino para que mi paciente finalmente lograra modificar su creencia irracional? La realidad, ella se impuso de manera correctiva, los hechos le mostraron de manera irrefutable lo absurdo de su creencia. Una experiencia vital vale más que mil palabras (o muchas horas de consulta). La información que llega de la experiencia directa es mucho más terapéutica que la teoría, aunque las dos son necesarias. Como veremos en la tercera parte del libro, la primera es la fuente de la sabiduría y la segunda, el fundamento de la erudición. Conozco muchas personas desbordantes de conocimiento científico pero sin sentido común.
El camino es aquietar la mente e inducirla a que se mire a sí misma de manera realista. Una mente madura, equilibrada y que aprenda a perder. Una mente humilde, pero no atontada. Una mente abierta al mundo, vigorosa y con los pies en la tierra.
Walter Riso, Extractado de Pensar bien, sentirse bien
Comparte esta información
Suscribirse a:
Entradas (Atom)